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Estanislao López. Batallas en las que participó:


9) Campañas indígenas de Estanislao López contra los Mocovíes Montaraces.
López no fue solo el estratega político de estas campañas, estuvo en el campo de batalla dirigiendo personalmente las ofensivas de 1833 y 1834.

Las campañas de Estanislao López contra los indígenas del norte de Santa Fe ocurrieron principalmente después de finalizada la guerra civil contra Lavalle (1828–1829). Estas campañas lo obligaron a excusarse de colaborar con Rosas en la Campaña al Desierto de 1833, porque debía defender Santa Fe de los malones.

Estanislao López mantenía una relación armónica con los abipones. En 1825 propuso al cacique Patricio Ríos el traslado de la reducción de indios abipones desde San Jerónimo del Rey (actual ciudad de Reconquista) -fundada en el año 1748 por los jesuitas- hasta el paraje "El Sauce" (hoy San Jerónimo del Sauce), 50 km al oeste de la ciudad de Santa Fe, con ellos formaría la guardia de los "Lanceros del Sauce" que intervendrían en numerosas campañas al servicio del Gobernador santafesino. En guerrero abipón Domingo Pajón ("Chula"), su comandante, dirigió varias operaciones contra los "montaraces" nombre con el que llamaban a los mocovíes no reducidos.

El malón más grande sobre la ciudad de Santa Fe se produjo el 13 de noviembre de 1833, cuando un contingente de entre 400 y 600 mocovíes montaraces irrumpió desde el norte, llegando hasta las inmediaciones de la ciudad, y evidenció la fragilidad de la frontera norte santafesina, generando un clima de gran temor entre la población. El malón fue una respuesta directa a las campañas de represión que López había lanzado semanas antes.

Aunque finalmente fue repelido, el malón dejó un saldo de muertos y pérdidas materiales, que obligó a López a excusarse de participar en la Campaña al Desierto de Juan Manuel de Rosas, argumentando que debía atender la defensa de sus propias fronteras.

Ese mismo año (1833) López inició una serie de campañas:

Principales campañas contra los mocovíes.
Fuente: "Nuestros paisanos los indios". Carlos Martínez Sarasola.

- Junio de 1833: al mando de 200 soldados atacó las tolderías del cacique Lechuza en el Monte de los Monigotes. Los derrotó y persiguió a los fugitivos sin alcanzarlos.

- Septiembre de 1833: atacó el campamento del cacique Martín en San Javier, con un saldo de un centenar de muertos y captura de ganado.

- Febrero de 1834: en Cayastá, mató a 20 indígenas y logró que un grupo importante se rindiera (incorporados posteriormenet a la reducción de Santa Rosa de Calchines).
En su informe a la Sala de Representantes escribió: “Toda la campaña de la costa hasta San Jerónimo está libre de bárbaros"..."los salvajes dispuestos a colonizarse y su suerte en nuestras manos”.

- Abril de 1834: cerca del Monte de los Porongos, destruyó el campamento del cacique Simaiquin, con 28 indígenas muertos.

- En el invierno de 1836, López comandó personalmente su última expedición, donde habría contraído tisis pulmonar, enfermedad que lo llevó a la muerte en 1838.

La desaparición de López no detuvo las matanzas. Su hermano Juan Pablo López lo sucedió y encargó al coronel Andrada continuar con el aniquilamiento de los montaraces. En 1839 los atacó en el Monte de los Palos Negros, causando 41 bajas y 80 prisioneros.

Más tarde, el gobernador Pascual Echagüe, electo en abril de 1842, sufrió duros ataques mocovíes entre 1844 y 1846. El 21 de enero de 1848 sofocó violentamente una irrupción de indios tobas asentados en la Laguna La Brava, al mando del cacique Amatolec.

En síntesis: La política indígena de López evolucionó de la alianza con abipones y mocovíes reducidos hacia una represión sistemática contra los montaraces, con campañas sangrientas entre 1832 y 1836. Tras su muerte, la violencia continuó bajo sus sucesores, prolongando el ciclo de enfrentamientos en la frontera norte santafesina.


Nota: El caballo fue un factor decisivo en la transformación de la dinámica bélica indígena.
Los pueblos del Chaco —mocovíes, abipones y tobas— lo incorporaron progresivamente desde las misiones y las fronteras coloniales, modificando de manera profunda sus estrategias de guerra y movilidad.

Hasta fines del siglo XVIII, los mocovíes eran considerados “indios de a pie”. Sin embargo, con la adopción del caballo se convirtieron en jinetes expertos, capaces de hostigar a las milicias criollas, ejecutar ataques sorpresivos y replegarse con rapidez hacia el monte.

La nueva capacidad de desplazamiento les permitió recorrer grandes distancias, atacar estancias y retirarse antes de ser alcanzados. En este contexto, los malones se orientaron cada vez más a la captura de caballos y ganado, bienes esenciales no solo para la subsistencia material, sino también para el prestigio social y político dentro de las comunidades indígenas.


9.a) Los Lanceros del Sauce y la transformación abipona.

Durante más de cincuenta años, desde 1825, los indios de El Sauce (actual San Jerónimo del Sauce) participaron como lanceros en la guerra fronteriza, auxiliando a las tropas criollas.

Su papel no se limitó a las expediciones contra otros indígenas: también realizaron tareas de espionaje en tolderías y ataques sorpresivos, métodos destinados a intimidar y reducir a los grupos enemigos. Además, fueron involucrados en las luchas civiles que atravesaron la región durante ese mismo período.

La instalación de los abipones del cacique Patricio Ríos en la reducción de San Jerónimo del Sauce en 1825 respondió a la presión ejercida por los mocovíes montaraces. Los abipones, tras haber residido en la antigua reducción jesuítica de San Jerónimo del Rey (Hoy Reconquista), buscaron un acuerdo con el gobernador Estanislao López, solicitando caballos y apoyo militar para enfrentar a sus enemigos. La muerte de Ríos, en combate, precipitaron el traslado de la comunidad indígena hacia el Sauce.

La participación de los "Lanceros del Sauce" en las guerras civiles no respondía a una adhesión ideológica ni únicamente al interés por la paga o el racionamiento, pues la guerra ocupaba un lugar central en la cultura abipona: mitos, rituales, ornamentación corporal (como el uso de pieles de jaguar en batalla), tabúes, juegos y canciones exaltaban el valor y las proezas militares, impulsando a los jóvenes a buscar gloria en el combate.

La continua movilización militar les permitió mantener un estilo de vida acorde con sus valores, mientras la alianza con los criollos les ofrecía respaldo para vengarse de sus enemigos del Chaco. Sin embargo, este vínculo marcó el inicio de relaciones de subordinación respecto de la sociedad blanca.

Aunque existía una identidad colectiva abipona, la mayor integración se daba a nivel de la banda local (o pandilla), compuesta por grupos familiares unidos por lazos de parentesco y amistad. Estas bandas, de entre 40 y 60 miembros, se organizaban en torno a un cabecilla.

Los jesuitas que convivieron con ellos destacaron una “exótica particularidad”: los jefes no mandaban. El líder debía ser diplomático y guerrero, pero sus decisiones dependían de la voluntad colectiva. Al morir un cabecilla sin sucesor aceptado, la banda se disolvía y las familias tejían nuevas alianzas o se incorporaban a otros grupos.

La instalación en reducciones no alteró estos rasgos. Las poblaciones eran numerosas pero inestables: bandas entraban y salían, manteniendo su organización tradicional bajo la superposición del cabildo indígena. Los caciques podían influir, pero no dar órdenes directas. La independencia y el individualismo abipón dificultaban la imposición de una autoridad. La transformación de los líderes en oficiales fue gradual: debían equilibrar, siendo flexibles para evitar el abandono de sus seguidores., pero desde la perspectiva criolla, esta actitud era vista como encubrimiento de “fechorías”.

La vida en los fortines generó camaradería entre lanceros indígenas y soldados criollos, reforzada por matrimonios mixtos y compadrazgos, pero al mismo tiempo erosionaron la identidad étnica abipona.

Los Lanceros del Sauce, que eran fieles al caudillo santafesino Estanislao López y a su ministro Pascual Echagüe, avanzaban delante de las tropas del ejército en las luchas contra los porteños. A los escuadrones de aborígenes así organizados, se los conocía como “indios auxiliares”, y eran recompensados a través de un sueldo fijo.

En esa década de 1850, la frontera con mocovíes montaraces se desplazó al norte y los Lanceros del Sauce contribuyeron en la lucha contra ellos, mezclados con soldados de otras formaciones, mientras sus familias permanecian en El Sauce.